Ubicación de los pulmones
Tus pulmones están en tu tórax y son tan grandes que ocupan la mayor parte
del espacio disponible. Tienes dos pulmones, pero no son del mismo tamaño como
sucede con tus ojos o los orificios de la nariz. En cambio, el pulmón de la
parte izquierda de tu cuerpo es un poco más pequeño que el de la derecha. Este
espacio adicional en la izquierda da cabida a tu corazón.
Tus pulmones están protegidos por la caja torácica, que está formada por 12
pares de costillas. Éstas están conectadas a tu columna en la espalda y rodean
a los pulmones para mantenerlos seguros. Por debajo de los pulmones está el diafragma,
un músculo en forma de bóveda que trabaja con tus pulmones para permitirte
inhalar (inspirar) y exhalar (espirar) aire.
No puedes ver tus pulmones, pero es fácil sentirlos cuando están en acción:
ponte las manos en el pecho e inspira muy profundamente. Sentirás cómo el pecho
se hace ligeramente más grande. Ahora exhala el aire y siente cómo el pecho
vuelve a su tamaño normal. ¡Acabas de sentir toda la fuerza de tus pulmones!
Un vistazo al interior de los pulmones
Vistos de fuera, los pulmones son rosados y algo blandos, como una esponja.
¡Pero el interior contiene lo realmente importante de los pulmones! Al final de
la tráquea, hay dos grandes conductos llamados bronquios primarios.
Uno se dirige hacia la izquierda y entra en el pulmón izquierdo, mientras que
el otro se dirige hacia la derecha y entra al pulmón derecho. Cada bronquio
primario se ramifica en otros conductos o bronquios, que van haciéndose
cada vez más pequeños como si fueran las ramas de un gran árbol. Los conductos
más pequeños se llaman bronquiolos y hay unos 30.000 en cada pulmón.
Cada bronquiolo tiene aproximadamente el mismo grosor que un cabello.
Al final de cada bronquiolo hay un área especial que lleva a unos grupos de
sacos de aire muy pequeños llamados alvéolos. Hay unos 600 millones de
alvéolos en tus pulmones y si los pusieras todos juntos, cubrirían una pista de
tenis completa. ¡Son muchos alvéolos! Cada alvéolo está cubierto por una
especie de malla de vasos sanguíneos muy pequeños, llamados capilares.
Estos capilares son tan pequeños que las células sanguíneas necesitan ponerse
en fila para poder atravesarlos.
Todo sobre la inhalación
Cuando paseas a tu perro, limpias tu habitación o rematas una pelota de
voleibol, probablemente no piensas en inhalar (inspirar) -¡tienes otras
cosas en qué pensar! Pero cada vez que inhalas aire, docenas de partes del
cuerpo trabajan para ayudar a obtener ese aire sin siquiera pensarlo.
Al inspirar tu diafragma se contrae y se aplana. Esto permite que baje,
para que tus pulmones tengan más espacio para hacerse más grandes mientras se
llenan de aire. "¡Muévete diafragma, que me estoy llenando de aire!"
es lo que dirían tus pulmones. Y el diafragma no es la única parte que
proporciona el espacio que necesitan a los pulmones. Tus músculos de las
costillas se tensan y hacen que las costillas se muevan hacia arriba y hacia
fuera para dar más espacio a los pulmones.
Al mismo tiempo, inhalas aire por la boca y la nariz y el aire baja por la
tráquea. Al bajar por la tráquea, unos pelos muy pequeños llamados cilios
se mueven suavemente para mantener la mucosidad y la suciedad fuera de los
pulmones. El aire pasa luego por una serie de ramificaciones en los pulmones, a
través de los bronquios y los bronquiolos. El aire finalmente termina en los
600 millones de alvéolos. A medida que estos millones de alvéolos se llenan de
aire, los pulmones se hacen más grandes. ¿Recuerdas ese experimento en que
sentías como se hacían más grandes tus pulmones? Bueno, ¡realmente estabas
sintiendo la fuerza de estos increíbles alvéolos!
Los alvéolos son los que permiten que el oxígeno del aire pase a tu sangre.
Todas las células del cuerpo necesitan oxígeno cada minuto del día. El oxígeno
atraviesa las paredes de cada alvéolo y llega a los capilares pequeños que lo
circundan. El oxígeno entra en la sangre de los capilares pequeños y es
transportado por los glóbulos rojos y viaja por capas de vasos sanguíneos hasta
llegar al corazón. El corazón envía luego la sangre oxigenada (llena de
oxígeno) a todas las células del organismo.
Esperando exhalar
Cuando es hora de exhalar (espirar), todo se invierte: ahora le toca al
diafragma decir "Muévete". El diafragma se relaja y se mueve hacia
arriba, expulsando el aire de los pulmones. Los músculos de las costillas se
relajan y las costillas se mueven hacia adentro, creando un espacio más pequeño
en el tórax.
A estas alturas tus células ya han usado todo el oxígeno que necesitan y tu
sangre está transportando dióxido de carbono y otros desechos que deben
abandonar tu cuerpo. La sangre regresa a través de los capilares y los desechos
entran en los alvéolos. Luego los expulsas en el orden contrario a como
entraron: el aire pasa por los bronquiolos, sale de los bronquios, hacia la
tráquea y finalmente sale por la boca y la nariz.
El aire que expulsas no sólo contiene desechos y dióxido de carbono, ¡sino
que también es tibio! Cuando el aire viaja por tu cuerpo, va recogiendo calor
por el camino. Puedes sentir este calor si te pones la mano frente a la boca
cuando espiras. ¿Cuál es la temperatura del aire que sale de tu boca o tu
nariz?
Con todo este movimiento, te podrías preguntar por qué los pulmones no se
atascan a medida que se llenan y vacían. Afortunadamente, tus pulmones están
cubiertos por dos capas lisas especiales llamadas membranas pleurales.
Estas membranas están separadas por un líquido que permite que se deslicen con
facilidad cuando inhalas y exhalas.
Es el momento de hablar
Tus pulmones son importantes para respirar...¡y también para hablar! Por
encima de la tráquea está la laringe, que a veces se llama glotis (caja
de la voz). Al otro lado de la glotis hay dos crestas pequeñas llamadas cuerdas
vocales, que se abren y cierran para emitir sonidos. Cuando exhalas aire de
los pulmones, éste pasa a través de la tráquea y la laringe y llega a las
cuerdas vocales. Si éstas están cerradas y el aire fluye entre ellas, las
cuerdas vocales vibran y producen sonido.
La cantidad de aire que expulses de tus pulmones determina qué tan fuerte
será el sonido y durante cuánto tiempo podrás hacerlo. Intenta inhalar muy
profundamente y decir los nombres de todos los niños de tu clase -¿Cuánto
puedes aguantar sin tener que respirar otra vez? La próxima vez que estés
fuera, intenta gritar y ver qué sucede -gritar requiere mucho aire, así que
necesitarás inspirar más frecuentemente de lo que lo harías si sólo
pronunciaras las palabras. Experimenta con diferentes sonidos y el aire que sea
necesario para producirlos: cuando te ríes, expulses aire poco a poco, pero
cuando eructas, ¡dejas que el aire tragado que está en tu estómago salga de una
sola vez! Cuando tienes hipo, es porque el diafragma se mueve de una forma tan
rara que hace que inspires aire de repente y hace que el aire llegue a tus
cuerdas vocales cuando no estás listo.
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